
Para los que sentimos pasión irracional por el fútbol no fue fácil.
Intentamos intelectualizar ese fuego, nos brindamos explicaciones
tales como que es un fenómeno que atrapa a más de mil millones de
personas en el mundo y que en realidad no existe una explicación
satisfactoria para ese sentimiento.
El orgullo ciega. Como la estupidez. Problema de adultos que,
cuando niños, no sufríamos. Por eso éramos tan felices.
Porque jugábamos a la pelota y la calle nos pertenecía.
Porque la redonda era historia, folklore, risas y lágrimas.
Hoy nos lleva cada partido a una cancha con ilusiones renovadas
y la garganta cargada de un grito que limpia las angustias de la semana.
Es lucha, es compañerismo, es colores, es magia, es ese abrazo que
dura una eternidad (aunque solo sea un segundo reloj), es esa sensación
de ver a miles de personas totalmente diferentes como hermanos,
como pares; es desahogo, es unión, es ese extraño momento en el
que las horas duran segundos y los segundos días, es, en síntesis, pura pasión.
Y vos me dirás, ¿sabes cuando perdimos?
Perdimos en el 30 cuando el primer golpe de estado y seguimos derrotados
por muchos mas, y en el 76, compañeros, amigos, hermanos, padres.
Perdimos en el 82 cuando el general borracho decidió que había que guerrear en Malvinas.
Cada vez que nos meten la mano en el bolsillo o que nos engañan con falsas promesas,
ahí perdemos.
Y entonces ¿cuando ganamos?
En el 69 el cordobazo, en el 73 la utopía, en el 83 la democracia, en el2001 la calle.
Ganar o perder adquiere otra relevancia que la pasión debería entender.
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